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Aquí no se rinde nadie

Rosales celebra un gol en La Rosaleda

Rosales celebra un gol en La Rosaleda

Ni siquiera en los peores momentos uno debe dejar de creer en lo que hace. Díganselo a la orquesta del celebérrimo Titanic. Sus músicos nunca dejaron de tocar. Hasta que sus manos quedaron sepultadas por litros de agua helada. Hasta la extenuación. Un club representa la fiel imagen de una orquesta. Hay un director, un presidente que contrata a los músicos (a veces sin conocimiento real de la calidad de estos en el manejo de los instrumentos) y una banda, que debe hacer lo que este en su mano (nunca mejor dicho) para sacar la obra adelante. Pero en este caso no se trata de manos, sino de pies.

El fútbol es el octavo arte. Con el balón en los pies también se puede dibujar arte abstracto o dejar rivales “a cuadros”. Aunque no todos los clubes tienen la suerte de poseer artistas. El Málaga es lo que es. Sé que suena demasiado obvio. Una galería de arte, semivacía, en la que todos los estandartes de la sala han sido vendidos al mejor postor (a veces ni éso). Los malaguistas somos así. Nos ilusionamos y nos agarramos a un clavo a 1000ºC o a un delantero que entrenaba con los reservas del Tianjin Teda de la Superliga China. Pero esto es lo bonito de ser malaguistas. Que en peores hemos estado y de peores hemos salido.

Nos alegramos porque por fin haya un delantero nuestro que baje balones y los surta de manera correcta. Aleluya. 22 partidos después. Hemos tenido que sobrevivir con Rolan, Peñaranda, En-Nesyri y Borja Bastón. Tenemos la suerte de que todavía quedan 14 partidos en los que los jugadores deben demostrar de qué pasta están hechos. Ya no valen excusas. La permanencia está difícil. Mucho. Muchísimo. El partido contra el Valencia debe ser el espejo en el que mirarse.

La peor sensación que puede tener un aficionado es ver a su equipo arrastrándose por el campo. Recuerdas las tardes de gloria y victorias y, claro, las comparaciones son odiosas. Eso sentí en Las Palmas, en Getafe, contra el Girona en casa, entre otros muchos partidos. En casa y contra el Valencia no. Hacía falta un partido así. Un partido donde perdimos por un cúmulo de circunstancias inesperadas y desafortunadas (obviemos al árbitro).

Ver presionar a En-Nesyri y protestar al árbitro todas las jugadas. Un renacido Iturra cortando todos los balones habidos y por haber en el campo. Ideye perforando la portería de La Rosaleda tres meses después y celebrando con los brazos abiertos hacia la grada. Diego González, en una posición que no es la suya, sufriendo ante Carlos Soler para evitar la debacle. Chory Castro subiendo y bajando aunque sepa que cada paso que da pesa más que el anterior. Eso es lo que necesita esta afición.

Ganar y salvar la categoría sería un milagro. Correr, presionar, ir a todas las disputas, echar cuerpo, enseñar las garras… eso no se puede discutir. Mientras el Málaga juegue así, no tengo ninguna duda de que conseguiremos algunos puntos más. La actitud no es negociable y eso parece ser uno de los puntos fuertes que ha inculcado el nuevo entrenador. Se nota en los entrenamientos, en las comparecencias de prensa y en los partidos.

No ganar los tres puntos no siempre es sinónimo de derrota. Cabeza alta, implicación y fe. No nos queda otra. Si bajamos, que sea con la moral alta y con el buen sabor de boca de saber que Segunda División no es nuestro sitio (sin desmerecer a los equipos de Liga 123). Que una pésima gestión en verano y una horrible primera vuelta con el “guapo” dejaron al Málaga a la espera del juicio y con muchas posibilidades de pasar un año entre rejas y sin acceso a los estadios de Primera. Pero el Málaga es mucho más fuerte que eso. Y si caemos, que sea con la cabeza alta y sudando a borbotones. Los jugadores, por dejarse el alma en el campo; y los aficionados, por la tensión y la celebración de goles que nos acerquen aún más al objetivo. Aunque a lo mejor, al final, no se consiga. Valdrá la pena. Volveremos.

@daniluque16

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