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La leyenda del indomable

Observo que en los últimos años se viene hablando mucho de los “valores” ¿se han fijado, no? No tienen más que echar un vistazo en las redes sociales para comprobarlo. Los valores son ese conjunto de factores intangibles y difíciles de definir que muchos colectivos (deportivos, políticos…) quieren apropiarse y hacerlos exclusivos.

Uno de los valores más nombrados es el carácter: esa capacidad de competir, ese espíritu ganador unido a una forma personal de ser que crea admiración y temor a partes iguales, dependiendo desde donde se observe este fenómeno. El Madrid siempre se asoció a un cierto perfil indómito, alimentado por las remontadas europeas del “miedo escénico”, los contraataques fulgurantes comandados por Corbalán y Cabrera, y hasta los famosos triples de Herreros… o más recientemente el de Llull en la Copa del Rey contra el Barça ¿recuerdan?

Esto del carácter tiene su miga… En España solemos confundir este término asociándolo a gente que simplemente se pasa de la raya o trata de ser “más listo” (recuerden ese deporte donde infringir las normas es “ser listo”). Un buen resumen sería, como dice Santiago Segura que “en España se confunde tener carácter con poner cara de velocidad”.

Hay jugadores que de tan expresivos resultan excesivos, que a veces llevan el deseo más allá de lo razonable y utilizan la mítica coartada “es que no me gusta perder ni a las canicas” … ¿conocen a alguien a quien le guste perder?

Nunca he sido muy fan de estos jugadores con perfil “pasional”, quizá por un prejuicio (seguramente equivocado) de que conllevan algo de descontrol y cierta demagogia: ese beso en el escudo cuando el viento sopla a favor, esas declaraciones estereotipadas sobre “dejarse la piel en el campo, sudar la camiseta…” Se me ocurren muchos jugadores de este tipo, aunque prefiero no citar a ninguno para no herir susceptibilidades ni abrir debates estériles.

Personalmente, me gustan mucho más los tipos de verdadero carácter, que hablan cuando toca, con claridad, firmeza y mesura, mostrando siempre orgullo, pero casi nunca chulería, y sobre todo que no se arredran nunca ante las verdaderas dificultades…

Hay jugadores que transmiten, tan simple como esto. Jugadores en los que la grada confía sin reservas, en quienes depositan su fe… jugadores que son líderes por sus actos y no por sus palabras.

No todos los jugadores de este tipo se parecen: los hay muy expresivos como Jasikevicius, duros como Diamantidis o Epi, carismáticos como Magic Johnson o Raül López, intimidadores como Larry Bird o Spanoulis, con una gran autoridad natural como Corbalán o Abdul-Jabbar, depredadores como Michael Jordan o Kobe Bryant… No existe un patrón único de jugador “salvador”, líder natural del equipo y favorito de la afición… aunque probablemente todos y cada uno de los citados contienen todas y cada una de las características mencionadas.

De este tipo de jugadores, uno de los pocos que hoy en día me despiertan admiración y devoción es SERGIO LLULL.

A pesar de su juventud, Sergio Llull es desde hace ya muchos años “el hombre” del Madrid. El protagonista de los imposibles, el jugador cuya mezcla de calidad, salvajismo, ternura, optimismo y simpatía engancha a miles de adeptos a su equipo, y provoca tanto admiración como temor en muchos rivales por su capacidad para obrar milagros, por sus características mandarinas en el “clutch time”.

Sergio es un tipo muy cercano y ajeno a los divismos, y su rol ha ido creciendo de tal manera que como dice mi compañero de tertulias “se ha ganado el derecho a hacer lo que quiera, como si fuera el Russell Westbrook del Madrid”. Huelga decir que Sergio me gusta mucho más que Russ… Un jugador que sigue transmitiendo el amor por el juego, la pasión por ponerse el uniforme y protagonizar cada noche su sueño, ese jovenzuelo al que una vez le preguntaron“¿Prefieres Sergio o Sergi?” y él respondió “mi madre me llama Sergio” … ¡es difícil ser más espontáneo!

Creo que desde el principio Llull tenía todos los ingredientes para ser un favorito de la afición, pero por si fuera poco su carrerón, hace un par de años rechazó la NBA cuando los analistas (y prácticamente todos los aficionados) daban por hecha su marcha a Houston. Desde entonces, está en los altares del aficionado madridista: recientemente fue elegido en un increíble 4º puesto entre los mejores jugadores del Madrid de la historia.

Hace casi 9 meses Sergio nos dio un gran disgusto al caer lesionado en una infausta tarde de verano mientras jugaba contra Bélgica. Cuando sufrió la lesión, Llull ya era (con permiso de Pau Gasol) el hombre clave en la selección, y traía en su mochila el prestigio -y el premio- de ser el mejor jugador de Europa.

Su baja desató los peores presagios tanto para el equipo nacional como para su club, el Real Madrid, pero afortunadamente ambos consiguieron mantener el nivel competitivo mientras siguen contando las horas para recuperar a Llull… el final del túnel está cerca.

Siempre me pregunto que debe sentirse en esas situaciones en las que todo, salvo “el momento”, carece de importancia. Esos pocos segundos (o minutos, o quizá toda una vida) donde de repente “sabes” lo que hay que hacer, aquello por lo que luchar con todas tus fuerzas, aunque sea casi imposible… sabes lo que debes hacer y todo lo demás, incluidas las consecuencias, desaparece…

Como decía, me gustaría estar en la piel de uno de esos tipos en uno de esos momentos. En la piel de Sergio Llull, por ejemplo. Supongo que la confianza jugará un papel crucial, casi diría indispensable para poder seguir adelante sin que el vértigo al fallo o el miedo al fracaso te venzan. Contaba Pablo Laso, su entrenador, que “Sergi es así, juega con una confianza asombrosa, es lo que le hace especial”.

Lo que tengo claro es que hay que ser muy valiente para atreverse, y además tienes que ser especial para transmitirlo de forma tan patente y conseguir que todo el mundo esté contigo cuando lanzas tu enésima mandarina ganadora o cuando corres a campo abierto atacando la canasta contraria con una determinación rayana en lo religioso.

Pero no lo olvidemos, detrás de ese carácter, hay otros “valores”: un don innato para visualizar situaciones así, y una capacidad de trabajo tremenda, como la que Sergio Llull lleva demostrando durante los nueve largos meses de una recuperación que parece que nunca acaba. Quedan ya pocos días…

El madridismo, y creo que la afición en general, le ha echado mucho de menos, pero su entrenador y compañeros nunca han querido que su ausencia fuera una excusa, ni siquiera una justificación a lo que pudiera pasar. Quizá una vez más se habían contagiado de Llull, cuyos mensajes en las redes han sido siempre una muestra de optimismo, cuyas imágenes de la recuperación eran siempre esperanzadoras y hasta conmovedoras. Dentro y fuera de la pista, un tipo especial.

Esta vez no puedo terminar sino versionando su ya famoso hashtag en twitter: #sabemosquevolverasmásfuerte
@AlfredoNoya

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