Otra temporada de rafting

Las cuatro estaciones celestes: ilusión, dificultades, conformismo y alivio

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La temporada 2019/2020 echó el telón este domingo. El Celta logró una agónica salvación, que por méritos en esta última jornada sería de justicia para el Leganés. Pero claro, la Liga dura 38 jornadas y no 90 minutos. Si el más regular conquista la Liga, para permanecer en la categoría tienes que obtener más puntos, que al menos, 3 equipos.

Imagen polémica del vestuario al acabar la temporada
Imagen polémica del vestuario al acabar la temporada

Regresemos al inicio de todo ésto. Otro inquilino ocupaba el banquillo celeste en agosto de 2019. Se trataba del valenciano Fran Escribá, quien logró otra permanencia en la última jornada de curso, tras estar 12 encuentros con la batuta de los olívicos (donde hizo de Balaídos un fortín en A Nosa Reconquista). Sucedía en el cargo al populista Antonio Mohamed y al portugués Miguel Cardoso -quién padeció la ausencia de Aspas en la mayor parte de su trayectoria como preparador olívico-.

Fran Escribá fue cesado a principios de noviembre, tras sucumbir con un equipo ilusionante, consiguiendo sólo 2 victorias en los primeros 12 duelos de la campaña. Le sustituyó Óscar García, que venía con un inmaculado currículum, pero en ligas menores como la austriaca y la israelí. Y carente de tablas en las categorías profesionales españolas. Pintaba al enésimo experimento.

Sorprendió con la revolución en el Camp Nou en su debut (cayendo con un 4-1 aceptable). Logró en su segundo encuentro, que el Celta volviese a ganar fuera de Balaídos, tras casi un año, cuadrando que fuera en el mismo estadio (El Madrigal). El Celta de Escribá no tiraba a puerta durante los partidos prácticamente, en cambio el de Óscar comenzó a generar apariciones sobre el marco contrario. Pero viejos fantasmas reaparecieron a final de año con las derrotas claras en Butarque y el Ciutat de Valencia, dejando una imagen en este último muy preocupante, encaminándonos a las vacaciones natalicias y con la clara necesidad de reforzar una escuadra que él mismo atisbó desnuda de efectivos en ciertas demarcaciones.

Llegaron Bradaric, Smolov y Murillo en la ventana invernal. Y vaya si se notó uno de ellos. Gran debut del colombiano en San Mamés, achicando balones constantemente con una asepsia brutal. Llamó bastante la atención, la charla que mantuvo al término del encuentro a ras de césped (con aspecto didáctico), con el mediocentro Pape Cheik y el lateral izquierdo Lucas Olaza. El Celta de la segunda vuelta tenía brotes verdes, comenzó con unos números defensivos que no se habían visto desde el retorno a la máxima categoría en junio de 2012. Radicados en los 5 tantos recibidos en los 8 encuentros de segunda vuelta que antecedieron al confinamiento por la pandemia del Covid19.

Se veía un equipo más compacto. Por ejemplo, en la remontada en Balaídos contra el Sevilla, donde una imagen se hizo viral, con Rafinha celebrando un saque de banda a favor. Un Celta, que se echó hacia arriba y que logró darle la vuelta al tanto de EnNesiry, con las dianas de Iago Aspas y del intermitente Pione Sisto en el descuento. En la jornada siguiente, visita al Bernabeu y con mucho atrevimiento se le pusieron las cosas difíciles al postrero campeón, rescatando un punto, tras derrotas en las 7 anteriores visitas al feudo merengue.

3 encuentros sin encajar precedieron al parón obligado, pero con una mínima generación de fútbol ofensivo. La cosa no pintaba mal y el equipo daba muchas muestras de ir sumando y encarrilando el objetivo. Pero el cese de competición era una lotería a como regresaría el propio equipo y los demás rivales. Un choque cada 3 días, donde la forma física iba a pesar mucho más que la calidad de los que habitualmente emplean menos revoluciones que el futbolista regulero.

Desastroso debut contra el Villarreal, donde se inclinó la balanza hacia un 0-0, que lo normal es que te lleve a la derrota, como así fue con el gol en el descuento de Manu Trigueros. El equipo era otro, respecto al de febrero y marzo. Volvían las dudas y éstas se magnificaron con el encefalograma plano vislumbrado sobre Zorrilla, con un 0-0, que no se rompió ni con el penalty a favor marrado por Aspas.

Al día siguiente llegó Nolito (en sustitución de la lesión de larga duración de Sergio), quien debió de traer una varita mágica con su particular gracia andaluza, lo que desembocó en el mejor encuentro de la era Óscar en Balaídos al domingo siguiente. 4-0 en la primera parte con un imperial Rafinha (doblete), un Denis que aparcó la apatía y el desacierto de tierras pucelanas y un Aspas que volvía a acertar desde los 11 metros. Buenas sensaciones para cimentar la permanencia, consolidadas con los 3 puntos obtenidos en el exiguo triunfo del Real Arena, de la fecha posterior.

Llegaba un Barcelona con la Liga en una disputa encarnizada con el Real Madrid a Balaídos. Los consejeros te decían que salieses con el filial o el juvenil. Nada de eso, rotaciones mínimas y a por los puntos, que luego los echas en falta. Se remontan dos ventajas contra el Barcelona y pudo ser la victoria si Nolito no estrella contra el muñeco alemán un gol cantado.

El Celta se veía tocando la meta en Mallorca (sería +11 sobre el descenso a falta de 5 partidos), pero lo que mal empieza (penalty inventado por De Burgos Bengoetxea), mal acaba (goleada 5-1, con plena eficacia mallorquina). Siguiente jornada con +5 sobre el descenso; el libreto te obligaba a conseguir la victoria para respirar, pero no. Te adelantas con un gol de Nolito y te confías con ese 1-0, que da vida al rival y en cualquier jugada aislada, acaba restableciendo la igualada como sucedió. Luego ya era tarde para generar, con los cambios de piezas y un esquema más defensivo que otra cosa.

El Atlético no se jugaba prácticamente nada en su visita al Lagares y a los 55 segundos se encontró con ese gol que suele marcar en la recta final de los partidos. El escenario era otro para el Celta, ya que había que al menos rascar el empate. El mejor portero del mundo en frente y tú te preguntas como coño le marco si sólo le metimos 2 en 8 partidos. Tuvo que ser un atípico en la faceta, Fran Beltrán, el encargado de batirlo en una volea extraña que ni Oblak vio dentro de su arco hasta segundos después de ser batido.

Llegas a Pamplona a sabiendas de que la victoria te mantenía. Te vuelves a adelantar como el sábado anterior y pecas de ese conformismo patológico que te acaba sopapeando en el descuento con la consolidación de la remontada. Crecen los nervios en la siguiente oportunidad, ante otro rival que no se juega nada, pero que te pega un baile de fútbol y desarbole de esquema, que de la nada te hace 3 goles y te tumba otra oportunidad, pese a la polémica del VAR final.

Pierdes a 2 hombres importantes por absurdas amonestaciones para el escenario final. Te vas con lo puesto a Cornellá, dependiendo de ti mismo (sacabas 4 puntos a los delimitadores del pozo) y juegas a ritmo de pachanga, sin ir a por el partido. Le pasas el testigo de la dependencia de victoria al otro candidato a la plaza. Juega ante el campeón, que va bajando marchas según va rotando su equipo. Empata y hace méritos para conseguir la victoria de la permanencia. Se apodera el canguelo de nosotros y vamos a por el partido tímidamente, tarde, mal y arrastro. No marcamos ni de ajo. Quedamos a expensas de lo que pase a 600 kilómetros. Suena la flauta. El fútbol es injusto hoy, pero consuela que compensa a cuando tú fuiste el perjudicado sin merecerlo y que arrancas con mucho que cambiar, pero en el olimpo de nuevo.

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