Athletic Club 2017-18: Arsénico por compasión para olvidar la temporada

La última temporada del Athletic deja tocados a todos los estamentos del club. Nadie se salva de un incendio que pudo tener consecuencias funestas

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«¿Alguna vez han tenido la impresión de que han sido engañados? Buenas noches.»

(Johnny Rotten, tras el último concierto de la gira americana de los Sex Pistols, 1978)

 

Se cerraba un ciclo el pasado mes de junio, cuando Valverde dejaba el banquillo de San Mamés para afrontar nuevos retos. Un ciclo positivo para el que la junta directiva tuvo a bien intentar darle continuidad con la elección de Ziganda como nuevo timonel del gran barco que es el Athletic. Tras una primera rueda de prensa llena de entusiasmo y optimismo, mucho de lo que se dijo aquel día ha acabado cavando la tumba del «Kuko».

Las estadísticas, por una vez, son un fiel reflejo de lo que ha significado esta travesía por el purgatorio que ha sido la temporada recién finalizada. Segunda peor clasificación histórica (incluso en el bienio negro hubo un año con mayor número de puntos), solo 19 goles como local, incapaz de ganar dos partidos seguidos en todo el curso… No ha sido una tragedia porque hubo 3 equipos de un nivel bajísimo porque, en otras circunstancias, bien se podría haber consumado un  descenso que, siendo honestos, probablemente no hubiera sido inmerecido por los méritos adquiridos a lo largo de una deriva lamentable que difícilmente nadie se hubiera imaginado en junio.

Muchas son las circunstancias y nulas las soluciones para superarlas. Un barco con una tripulación que mezclaba expertos de mil batallas y jóvenes con el ímpetu necesario esperaba a un nuevo capitán tras la salida de uno que les había dado gloria. Los jugadores, que otra cosa no, pero tontos no son, enseguida calan a quien ejerce el mando por sus formas y su mensaje y, tristemente para el Kuko, fue pronto y muchos sentían que quien dirigía la nave había preparado a muchos futuros tripulantes pero, a la hora de regir el futuro de la embarcación, más que un capitán era un cateto a babor.

El Athletic ha vivido la que probablemente ha sido la temporada más regular de su historia. Los mismos que no sabíamos a que iba a jugar el equipo mientras disputaba las previas de la Europa League, seguimos sin saber a que se jugaba una vez se ha lanzado a Ziganda al mar por la pasarela. Era el sacrificio fácil; era una decisión necesaria, pero limitar a la salida del Kuko la fórmula magistral para enderezar el rumbo es de ser muy ingenuos. Muerto el perro, no se acabó la rabia.

Que hubo quienes sin haberse sentado en el banquillo de San Mamés ya lo sentenciaron es cierto. Que muchos se fueron cayendo del guindo por el camino, también. Porque solo había una cosa peor que jugar bien, mal o regular: No jugar. Y eso, al proyecto de Ziganda, se le dio de fábula. Que probablemente el mejor partido de la temporada sea en agosto ante el Panathinaikos es para echarse las manos a la cabeza.

Se habla de las lesiones que afectaron a jugadores clave. Desde que el fútbol es fútbol, esa variable existe y la diferencia entre un buen entrenador y un gran entrenador no es tanto los títulos como sí su capacidad de reacción. Y dicha capacidad fue nula en el Athletic. Casos como el de Muniain o Yeray afectaron de forma especialmente negativa a una plantilla que, en otra época, se hubiera levantado y afrontado dicha eventualidad. Pero, más allá de ímpetu y esfuerzo, este año fue un equipo sin fe. y un grupo sin fe está condenado a fracasar.

Las variantes tácticas fueron meros fuegos de artificio, los jugadores eran almas en pena sobre el césped y pasaban las semanas sin atisbo de mejora. El punto más bajo de este descenso a los infiernos fue la eliminación de la Copa del Rey en San Mamés a manos de un equipo que, al final del curso, descendió a tercera. Era el punto de no retorno. De ahí en adelante, lo que viviera Ziganda en el banquillo era de regalo. La directiva, intentando mostrar la confianza en su elección para el banquillo, lo aguantó hasta el final, mientras el público iba resignándose a un año perdido por inacción de los rectores del club. Un clavo más para el ataúd.

Los jugadores, obviamente, no se escapan de la quema. Salvo los cachorros ascendidos (Unai Núñez y Córdoba) Muniain, Kepa y destellos puntuales de Williams, el resto de los supuestos pesos pesados rindieron bajo mínimos. Que la lesión de un lateral voluntarioso pero limitado como Balenziaga se traduzca en una tragedia de dimensiones cósmicas habla muy mal de muchos. Un centro del campo inexistente, con un Beñat eternamente fuera de ritmo, un Vesga que necesita airearse fuera de Lezama de inmediato, un Iturraspe que sigue viviendo de un año bueno y un Mikel San Jose que, sin lugar a dudas, ha completado su peor temporada desde que llegó al Athletic. En la delantera, por mucho que nos duela, debemos hacernos a la idea de que Aduriz está en la recta final y urge un relevo que se antoja primordial.

Tocará hacer tabula rasa y una cantidad ingente de trabajo para recuperar a un león que ha perdido el hambre.  Ha sido un año para el aficionado muy duro y desagradable. Éramos conscientes de que difícilmente se podía repetir los éxitos pretéritos, pero caer al otro extremo era impensable. Ir a San Mamés se tornó en una tortura semanal con la esperanza de ver ni que fuera un brote verde. Y semana a semana, solo recibían el vacío. Lo que fue un sueño ha acabado en estafa. Y de las gordas.

Si por algo el Athletic es diferente, es porque su gente, a poco que muestren los que están en el césped lo que se espera de ellos, les llevarán en volandas. Nunca les darán la espalda, pero tanto el nuevo entrenador, como los fichajes que puedan llegar y una plantilla que, más allá de la purga que necesita, seguirá siendo el núcleo duro del futuro proyecto, deberán remar para recuperar la desazón que han causado durante un año indigno a todos los niveles. Es hora de remontar el vuelo. Más nos vale.

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