Löw estrecha a su Alemania

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La selección alemana conquistó el Mundial de Brasil en 2014 a partir de un funcionamiento coral muy bien trabajado por Joaquim Löw a lo largo de varios años. Consiguió juntar a una serie de jugadores con gusto por la posesión de balón y, lo más importante, con la clarividencia necesaria para saber qué hacer con el esférico en cada momento. De esta manera podía, a través del balón, controlar el ritmo del partido, llevarlo a su terreno, manejar las emociones y finalmente utilizarlo para lanzar a sus piezas de ataque haciendo más líquida esa posesión cerca del portero rival.

Para llevar a cabo este plan, Löw contaba con dos prototipos de futbolista. Uno de ellos, cuyo mayor ejemplo es Toni Kroos, aporta gestión de pelota, llevando el encuentro a sus intereses minimizando errores y dando la estructura necesaria para que el sistema ofensivo tuviera un sustento. Para ayudarle, Philipp Lahm, Matts Hummels o Bastian Schweinsteiger. Generalmente por delante de ellos se movía el otro elemento fundamental de este equipo. En la zona de la mediapunta, varias piezas se repartían los minutos y las oportunidades y todos, con sus matices, con las mismas directrices. Realizar el cambio de ritmo tanto físico como de circulación para ser el paso previo y precipitar la inminente ocasión de gol. Como protagonistas más significativos, podríamos nombrar a Mesut Özil, Thomas Müller o Mario Götze. Aunque otros como André Schürrle en aquella Alemania campeona o Marco Reus y Julien Draxler en la actual deben seguir un patrón similar.

Este segundo grupo de futbolistas, más ofensivos e inyectados en veneno, comparten varias similitudes. A todos les gusta acelerar en tres cuartos de campo, siempre tienen en la cabeza que la posesión de balón es estéril si carece de ritmo y comprenden que, al final, el objetivo debe ser verticalizar sobre el arco rival al menor despiste del contrario. Además, prácticamente la totalidad de sus movimientos tienen un sentido centrípeto que condiciona una profundidad dirigida y orientada al área y su frontal. Por calidad, insistencia y empuje, en muchos contextos podrán desequilibrar la balanza. Pero en el fútbol moderno conviene tener contrapuntos, recursos diferentes para enriquecer la propuesta inicial y darle los matices y ajustes necesarios para que la opción de victoria crezca exponencialmente.

Y aquí es donde entra Leroy Sané. El extremo zurdo ha realizado una buena temporada en el Manchester City y, de la mano de Pep Guardiola, ha conseguido madurar su juego y alternar esa pausa-regate-transición para hacer que sus movimientos sean lo más decisivos posible. El seleccionador alemán lo ha dejado fuera de la convocatoria, y seguro ha debido tener razones de peso para ello. Porque Leroy sonaba muy bien para esta Alemania. Su capacidad de desborde externo para darle otro recurso al campeón, su posición abierta para, ensanchando el campo, dar espacio para que Kroos, Ózil y compañía tejan una red más letal. Su cambio de ritmo a través del físico, el poner el foco de peligro en otra zona para obligar al contrario a dividir atenciones. Cualquiera de las virtudes de la carta de presentación de Sané que nos imagináramos parece dar alas y aristas al plan general. Por él irán, para ocupar su zona, Reus y Draxler. Dos enormes figuras alemanas pero con un discurso parecido. Y nada parecidos a un citizen que, en un torneo como éste, se aventuraba arma secreta para un Löw que deberá dar velocidad y amplitud a su equipo con otras piezas.

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