Opinión | Ejercicio de fe

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El Atlético de Madrid acaba de destronar de su hegemonia europea al Liverpool, actual campeón de la Champions League. Al mejor equipo del continente, o al menos el que más en forma está. Si ganar en el Metropolitano fue una heroica gesta, vencer en Anfield, con lo que eso conlleva, es el máximo éxtasis alcanzable hasta el momento. A eso le sumas que ha remontado un dos a cero y podría ser impensable, es más, lo era. Quien maneja los entresijos de este deporte, ese ente abstracto y superior que sabe todo lo que acontece jamás imaginó que, cuando en el minuto cuatro de la primera parte de la prórroga, Firmino se tapaba los oídos celebrando el gol que les daba el pase, el Atlético de Madrid pasaría. Y eso que únicamente necesitaba un gol que no llegó solo, sino que le acompañaron dos más.

Nadie que haya visto el partido podría esperar que esto ocurriría. Una recta final inesperada. Ver a un equipo, el Liverpool, ejercer un dominio tan asfixiante sobre otro equipo durante cuarenta y cinco minutos ponía a todos los espectadores (sean o no aficionados del Atlético de Madrid) en una tensión que ni en «The silence of the lambs» (el silencio de los corderos). El corazón se encogía a todo aquel que veía a Oblak sacar cada mano salvadora. Anfield rugía con cada ataca de los ‘reds’, y no fueron pocos, los de Simeone se mantenían agazapados, intentando alejar el balón de sus dominios.

Durante los primeros cuarenta y cinco minutos, exceptuando el gol de Wijnaldum, los rojiblancos (esa noche de negros) mantuvieron la compostura e incluso realizaron varias posesiones en campo rival. Hasta el gol del holandés todo parecía estar en cal, sin embargo, los de Simeone no vieron que el combinado liderado por Jurgen Klopp estaba tejiendo una fina telaraña en la que atrapó a su víctima.

La mosca (Atlético de Madrid) quedó atrapada en la trampa de la viuda negra (Liverpool). La presión subió varios niveles a lo anterior, poco a poco ganaba terreno, acorralando a su rival sin darle ni el más mínimo respiro. Solo uno a cero y cada ataque suponía un microinfarto en el delicado corazón rojiblanco. La viuda negra avanzaba a su indefensa presa lentamente, con paciencia, demostrando que la experiencia es un grado. La mosca estaba ahí, en un territorio hostil. Asustado. Realizó una demostración de supervivencia, sin apenas capacidad de reacción. Su existencia era cuestión de que la viuda encontrará el modo más adecuado de devorar a su presa.

Pero la naturaleza es caprichosa. La tela de araña no era lo suficientemente estable, es cierto que intentó aproximarse a su alimento y ahorrarle la agonía. Esa mosca no dejaba de insistir en poder escapar de tal entramado, sus insistentes intentos de desprenderse de esa agobiante trampa que tanto miedo le causaba. Vivir estaba demasiado caro; su depredador le miraba a los ojos y ahí podía ver el reflejo de la afilada guadaña.

Un 29% de la posesión es suficiente para hacer tres goles durante la prórroga de una eliminatoria de octavos de final. Defender tu vida ante más de treinta disparos del equipo rival, tras nueve paradas salvadoras del muro esloveno. Y con una diferencia de quinientos pases realizados. Las estadísticas pueden permitirnos realizar interpretaciones, hablar de hechos. Aunque hay cuestiones que son difícilmente explicables, como la fe. Ese empujón que te da las energías suficientes para perseguir a Salah, como lo hizo Lodi, durante 120 minutos. El poder de soportar el castigo de los latigazos de un tridente ofensivo inagotable, insistente y terco.

La estrategia es aquello que te empuja a sustituir, en el minuto 55, a tu único delantero centro por un centrocampisto, para sostener la estampida de los de Klopp. Y la fe es poder comprobar que ese mismo jugador, Marcos Llorente, anota dos goles y da una asistencia para enviarte al sorteo de cuartos de final. Este ejercicio de fe es lo que ha llevado a que un grupo de jugadores que tan castigados por malas actuaciones durante la liga, tan expuestos a una tortura como es frenar en seco a una máquina competitiva que vence por inercia en la Premier League. La fe mueve montañas, y gana partidos.

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