Marcelino y su zona de confort

Un entrenador está siempre en manos de sus jugadores para obtener el éxito. Esos jugadores forman un grupo humano cuyo control y manejo corresponde a dicho entrenador. La zona de confort del técnico está en mantener un grupo compacto y eliminar de él a todos aquellos que perturban y dificultan el control del grupo y la buena convivencia. Ahora bien, y si ese mismo jugador aporta la calidad necesaria para hacer mejor al equipo, ¿vale la pena salir de esa zona de confort? Marcelino parece creer que no.

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Marcelino García Toral , sin salir de su zona de confort, ha devuelto al Valencia a su lugar natural durante los dos últimos años. Todavía lejos de los tres equipos que han dominado el panorama futbolístico español de la última década, el Valencia del técnico asturiano ha recuperado ese espíritu que tan bien le ha ido a lo largo de la historia. Bronco y copero.

Entrenadores de un Valencia bronco y copero

Un carácter que nació con voluntad peyorativa desde lugares y ámbitos alejados de la órbita valencianista pero que desde la capital del Turia se supo adoptar como positivo y motivador. Di Stefano, Víctor Espárrago, Aragonés, Ranieri, Cúper, Benítez, todos han sido entrenadores de un perfil similar, con la firmeza y seguridad defensivas por bandera todos ellos. Fueron también magníficos gestores de grupo que supieron convencer a un grupo de currantes del balompié que eran mucho más que eso y que juntos podían llegar muy lejos. Grupos muy unidos, con un carácter competitivo llevado al extremo y con tres o cuatro jugadores de calidad que daban las pinceladas necesarias en los momentos oportunos. Equipos jóvenes con algún veterano que templara las aguas cuando la temperatura ambiental más podía perjudicar el buen ambiente del grupo.

Marcelino como remedio a tiempos de crisis

Todos ellos recogían una escuadra tras un periodo de crisis o con la firme creencia de los aficionados de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Con Marcelino sucedió algo parecido, por no decir lo mismo. Tras dos años de grave crisis deportiva, de coqueteo con el descenso y de un sinfín de entrenadores sin criterio ni idea futbolística concreta ni clara, llegó él para ponerle un poco de sentido común y mejorar los resultados deportivos que, dicho sea de paso, tampoco parecía un objetivo muy complicado. Empeorarlos sí que habría resultado complicado y una herida mortal en el valencianismo.

Salir de la zona de confort

El problema le ha venido a Marcelino cuando mejorar no se convierte en algo relativamente sencillo sino en una obligación generada por tu buen hacer. Mejorar un duodécimo puesto es mucho más sencillo que un cuarto lugar, una Copa del Rey y unas semifinales europeas. Muy consciente de ello, su mensaje constante habla de dificultad, de valorar lo conseguido y de recordar de donde se venía. Pero ese discurso ya no cala como calaba y la fiel y exigente parroquia de Mestalla exige más. Y esa exigencia viene acompañada de la voluntad de tener mejores jugadores, de no aceptar siempre el fondo de armario como modus operandi. Controlar un gallinero donde los gallos de pelea no son precisamente numerosos le ha valido hasta ahora para mejorar, para crecer, para ganar una Copa del Rey y asomar la cabeza entre la élite balompédica nacional pero, ¿le valdrán para algo más?

Un gallinero sin gallos de pelea

Los jugadores crecen en base a su experiencia y a los buenos y malos resultados. Los entrenadores necesitan más que eso para dar el salto de buen entrenador a leyenda del club. Si Marcelino quiere entrar en ese olimpo, ha de aceptar jugadores que le reten, que no acepten un status quo determinado y que le hagan salir de su zona de confort, de lo que le ha funcionado para un crecimiento limitado. Si la exigencia de competir por algo más le parece excesiva con lo que tiene, que acepte mejores jugadores, que acepte otros gallos en su corral. Las gallinas te hacen crecer el corral, los gallos de pelea pueden alborotar más y dar problemas pero al final la carne y los huevos aumentan su precio.

 

@VicentSarrion

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