Rodrygo Goes está listo y feliz. Lo necesitaba. Después de un año durísimo, el brasileño dejó atrás los fantasmas del 2025 con una serenidad que impresionó incluso dentro del vestuario del Real Madrid. Durante las vacaciones de Navidad, mientras muchos compañeros optaron por desconectar por completo, él eligió otro camino. Se fue a Brasil, sí, pero no para alejarse del fútbol. Volvió a casa para reconectar con lo que más lo inspira: su familia, su gente y su esencia. Allí, entre su país natal y la tranquilidad de los días cálidos, se preparó para arrancar el 2026 con más fuerza que nunca. A tono. Físicamente impecable. Mentalmente blindado. Con el alma lista para competir.
Un nuevo Rodrygo
Porque el nuevo Rodrygo, el que llega a Valdebebas en este inicio de año, no es el mismo de hace unos meses. Es más maduro. Más consciente. Ha aprendido que en el fútbol, igual que en la vida, no hay redención sin sufrimiento. Y 2025 fue su prueba más dura. Pasó 281 días sin marcar. 1.415 minutos de sequía. 32 partidos seguidos sin enjaular el balón en la portería rival. Una eternidad para un futbolista que había empezado la temporada con todo el brillo que le caracteriza. En marzo había sido MVP ante el Atlético en Champions y sumaba 14 goles y 9 asistencias. Parecía su año. Pero la fortuna le dio la espalda sin previo aviso. Le costó entenderlo, y más aún, sobrellevarlo.
Durante meses, Rodrygo fue una sombra de sí mismo. Lo intentaba una y otra vez, sin éxito. Jugaba poco, y cuando lo hacía, el balón le pesaba. No encontraba confianza en sus desmarques, ni precisión en sus disparos. Xabi Alonso, llegado al banquillo en aquel lapso de turbulencias, lo rotaba, lo dosificaba, lo esperaba. Y entre tanta espera, el brasileño aprendía a resistir. En silencio. Sin quejarse. Sin mirar más allá del entrenamiento siguiente. Esa constancia invisible fue su salvavidas. Nadie lo sabía, pero en esos días grises empezaba a forjarse el renacer que llegaría semanas más tarde.
La redención… y la confirmación
Y ocurrió cuando nadie lo esperaba. El 10 de diciembre, bajo las luces del Santiago Bernabéu, ante el Manchester City. Partido grande, escenario perfecto. Jude Bellingham le filtró un pase mágico en el minuto 28. Rodrygo encaró. Disparó con decisión. Gol. Por fin. 1.415 minutos después. El estadio rugió con alivio. El brasileño, sin embargo, se quedó quieto. No quiso celebrarlo. Sentía que debía algo a todos: a su afición, a su equipo y a sí mismo. Pero Jude le abrazó y le susurró que ése era su momento. Lo fue. Aquel tanto no solo abría el marcador, también abría una puerta emocional que llevaba meses cerrada. Había vuelto a sentirse jugador. Había vuelto a ser Rodrygo.
Su declaración tras aquel partido fue tan sencilla como sincera. «Me hacía mucha falta. Intento siempre marcar, siempre ayudar, y la verdad es que no estaba en mi mejor momento. Son cosas que pasan en el fútbol. Tengo que seguir centrado y seguir entrenando. Fue lo que hice todo este tiempo sabiendo que no me estaban saliendo las cosas«. En una frase condensó su proceso. Trabajo en silencio. Fe. Paciencia. Porque Rodry nunca dejó de creer. Por eso, apenas cuatro días después, repitió ante el Deportivo Alavés. Y no fue cualquier gol. Llegó en el momento límite. En el minuto 76. Cuando el Madrid temblaba, cuando Xabi Alonso se jugaba su puesto, él apareció para poner el 1-2. Gol, victoria y salvación. En ese instante, el brasileño no solo rescató a su equipo. También rescató su confianza.
Tiene el respaldo de todos
Aquella secuencia cambió todo. De los silbidos a los aplausos, del desconsuelo a la esperanza. Rodrygo había resurgido. Xabi Alonso le abrazó en Mendizorroza con la gratitud de quien siente alivio, pero también con el respeto que se gana un futbolista que jamás se esconde. A partir de entonces, empezaron los síntomas de una reconciliación total. Con el balón, con su entrenador y con la grada. Contra el Sevilla, antes del parón navideño, volvió a mostrar su mejor versión: asistió, generó, amenazó con el gol y se fue ovacionado. Fue el cierre perfecto a un mes en el que volvió a recordarle al mundo quién es.
Durante las vacaciones, Rodrygo mantuvo el foco. Visitó a su familia, pero no rompió el ritmo. Siguió entrenando con un preparador personal, haciendo sesiones específicas de velocidad y potencia. Cuidando los detalles. En Brasil, los suyos confirmaban lo que ya se intuía: el delantero ha vuelto con un hambre renovada. En su círculo más cercano, respiran optimismo. Su padre, Eric Goes, dejó una frase en redes que lo resume todo: «Dirán que ha sido suerte sin saber el precio que fue pagado«.
Su futuro está en el Real Madrid
A sus 24 años, Rodrygo encara el 2026 decidido a recuperar todo lo que el pasado le quiso arrebatar. Ya no se obsesiona con marcar todos los fines de semana. Lo que busca ahora es continuidad, estabilidad y disfrutar del camino. Xabi Alonso, que apostó por él cuando más dudaban alrededor, confía en que el brasileño sea un eje de su proyecto. Lo ha dicho sin rodeos: «Sabemos el nivel que tiene«. El técnico ve en él a un atacante más completo, que entiende los ritmos del juego y ya no depende solo del gol. Rodry es inteligencia en movimiento. Capacidad de asociarse, de sacrificarse y de interpretar los espacios como pocos.
En el club, la sensación general es que su proceso de madurez ha terminado de asentarlo. Atravesó el peor tramo de su carrera y lo hizo con una actitud ejemplar. Nunca pidió salir. Nunca se rindió. Los rumores que lo vinculan cada verano con la Premier League, o incluso con el Manchester City de Guardiola, no le distraen. En el Real Madrid saben que Rodrygo está comprometido al cien por cien. Su contrato hasta 2028 es más que un papel: es una declaración de fidelidad. Él lo ha repetido mil veces. Este es su hogar. Quiere triunfar aquí. Quiere dejar huella. Y lo va a intentar con todas sus fuerzas.






