Ni el paso del tiempo, ni los cambios de esquema, ni las sequías de los que llegan con cartel de estrella. Al final del día, cuando el Atlético se asoma al precipicio, siempre aparece la zurda de Antonie Griezmann.
El refugio de Simeone siempre es el mismo, Antoine Griezmann
Griezmann, Griezmann, Griezmann. Siempre Griezmann. Es el mantra que se repite en la grada del Metropolitano y el que retumba en la cabeza de Simeone cada vez que el fútbol se vuelve espeso y las ideas se nublan.
En el fútbol actual, donde todo es físico, datos y fuerza bruta, Antoine sigue siendo esa anomalía deliciosa: un artista que juega con frac pero que no tiene miedo de ponerse el mono de trabajo. Lo vimos hace apenas unas horas en Riazor, en una noche de Copa de esas que huelen a emboscada. El Atlético cubría el expediente con más oficio que brillo, atascado en un empate que empezaba a pesar demasiado, hasta que el ‘7’ decidió que ya estaba bien de bromas.
El artista del Metropolitano
Simeone supo verlo nada más llegar al Atleti, allá por 2014. Vio que detrás de ese chico de pelo oxigenado había un competidor voraz, pero sobre todo un cerebro privilegiado. Pasan los años y de ello siguen disfrutando todos los rojiblancos. Griezmann no solo juega al fútbol; Griezmann explica el fútbol.
Es el que baja a recibir cuando el equipo no encuentra la salida, el que orienta la presión y el que, cuando el partido se pone feo, se inventa una genialidad para desatascarlo.
En Riazor, mientras nombres como Julián Álvarez o Baena seguían buscando su sitio en el engranaje, Antoine dio un paso al frente. Le bastó un lanzamiento de falta, un latigazo seco y preciso a la escuadra, para recordar por qué es inigualable. Fue un gol de esos que solo firman los elegidos, un alivio en su jardín particular que permite al equipo estar en el bombo de cuartos y seguir soñando con un título que está a solo cuatro partidos.
Pero más allá del resultado, lo que queda es la sensación de que, sin él, el Atlético sería un equipo mucho más huérfano.
La dictadura de la zurda de Antonie Griezmann
Se habla mucho de las transiciones, de las salidas de Gallagher o Raspadori, de si Giménez ha vuelto por sus fueros o si Pubill es el central del futuro. Pero la realidad es mucho más sencilla: el Atlético es lo que Griezmann quiere que sea. Su zurda es la que marca el compás. Es el futbolista que está para ser titular siempre, el que desatasca los partidos difíciles y el que hace que el resto parezcan mejores de lo que son.
Mientras otros necesitan adaptarse o sufren con la presión del precio de su traspaso, Griezmann fluye. Juega con la tranquilidad de quien sabe que tiene el mando del equipo en la bota. En Coruña volvió a quedar claro: puede que el Atlético no tenga su mejor noche, puede que le falte fluidez y que el rival apriete, pero siempre quedará Griezmann. Un ídolo que no caduca
Es curioso cómo en un fútbol de usar y tirar, la figura del francés sigue creciendo. Fue el alivio en la ronda previa y ha vuelto a ser el héroe en octavos. No es solo el gol, es el aura. Es saber que, cuando el balón le llega a él, algo bueno va a pasar. Simeone lo sabe, la grada lo sabe y, por desgracia para sus rivales, ellos también lo saben.
Pase lo que pase de aquí a final de temporada, el Atlético tiene un seguro de vida. Podrán llegar fichajes millonarios o perlas de la cantera, pero el eje sobre el que gira todo seguirá siendo ese rubio que entiende el juego como nadie. Porque al final, en las noches de gloria y en las tardes de barro, la conclusión es siempre la misma: Griezmann, Griezmann y Griezmann.






