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Óbice del Eibar

Los armeros están firmando su peor arranque liguero en sus 4 temporadas en la Primera División pero, ¿dónde está el lastre de los vascos?

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De incógnito, soterrados bajo el ecuador de la clasificación. La plantilla armera que dio la sorpresa hace unos escasos 3 años, hoy permanece sometida al azar. A la aleatoriedad que domina sobre los jugadores. Once profesionales sobre el terreno de juego, sobre los que nadie se atreve a dictar ningún pronóstico. Un papel que a nadie le gustaría interpretar, y que recae sobre los hombros de un hombre menudo y de Zaldívar. Que nadie se equivoque. La apariencia de este individuo no hace más que definirlo incorrectamente. La rabia se apodera de José Luis Mendilibar cada vez que uno de sus peones ejecuta mal la jugada que tanto se había entrenado el día previo al partido.

Una estrategia que ocupa la mayor parte del tiempo de este hombre, y que acaba siendo mal interpretada por un jugador en el campo, acaba por quebrar los partidos. Un partido roto, que conlleva la derrota de la SD Eibar, por más que sea la cabeza de José Luis la que se rompa para que el partido no lo haga. Esta temporada ya ha sido partícipe de varios encuentros en los que los vascos no han soportado los planteamientos del míster. Unos jugadores que no encuentran la manera de alcanzar la pericia de Mendilibar para solventar los partidos, y que se rinden al desgaste físico, que recaen en un estilo de juego característico de los armeros, pero ya obsoleto.

Jugar por el balón dividido. Correr a la disputa. Mecanismos a los que los eibarreses nos tenían a todos acostumbrados, ya no funcionan en el campo. Ahora son sus rivales quienes buscan hacer daño en estas peleas por el balón dividido, y han conseguido que el Eibar no sepa contrarrestarles. Ya han pasado más de tres años desde el pletórico ascenso, ya no sorprenden las tácticas de los guipuzkoanos. Tampoco hay que perder la esencia de los jugadores, pero el club debe evolucionar. Esta característica forma de incomodar al rival con una alta presión debe unir con un juego más táctico que físico, más trabajado y menos “fortuito”.

El Eibar ya no es el club que no tenía nada que perder, y que podía arriesgar en todo partido. Hay una plaza en Primera División que defender, y el calendario ya está corriendo. Ipurúa no puede seguir esperando para echar a correr. Las jornadas vuelan, y el equipo todavía no ha alcanzado el ritmo de esta temporada. Hay quien aún se escuda en la enfermería de Atxabalpe. Pensar que el juego del equipo mejorará cuando Alejo, Fran Rico o Pedro León se recuperen es una especulación que no asegura nada, y que desprestigia a quienes están defendiendo actualmente el escudo triangular.

El aficionado eibarrés podría aferrarse al clavo ardiendo del pensamiento de que las primeras temporadas el club hizo una primera vuelta magnífica, y una segunda nefasta; y pensar que este año podría darse el caso contrario. Sí, es una posibilidad, pero un equipo no puede sobrevivir así en la Primera División por mucho tiempo. El futuro a largo plazo del Eibar todavía es una incógnita, que puede que conozcamos cada vez más a lo largo de esta temporada.

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